27 julio 2006

Mi querido padre

El paso de los años es cruel. Lejos de la arcaica idea de que vejez es sinónimo de sabiduría, nos encontramos hoy con que la tercera edad es símbolo de molestia, de chiste, de burla y de abandono para nuestra sociedad.
Los niños ven al padre como un hombre con superpoderes, como el símbolo del trabajo, de la fuerza y por sobre todas las cosas, de la cabecera de la mesa y el poder de decisión a la hora de ver la televisión.
Los infantes nunca son tan valientes como para opinar contrariamente a sus padres. Es más, crecen opinando como ellos.
Pasa el tiempo y esos ex niños llegan a la universidad (y si no llegan es por culpa de sus padres, obvio). Bueno, esos jóvenes impetuosos, al buscar una identidad propia comienzan a responderle al “jefe de la familia”. Sus locas cabecitas influenciadas de infantiles ideas socialistas (me avergüenza decir alguna palabra más de izquierda) tratan de hacerles creer a sus padres que han vivido más de 40 años equivocados.
Que Menotti y Bilardo ya fueron (¡Cómo si Bilardo no comentara el mundial!), que el fútbol es un negocio (¡Claro! ¡Eso es lo bueno!), que el peronismo ya no existe (¡Cómo si alguna vez hubiera existido!) y muchas otras cosas incluso peores, como que esa manga de delincuentes de caras ocultas autodenominadas “piqueteros” tiene derecho a cortar el tránsito, o que esos vagos estudiantes de la UBA realizan protestas para mejorar la educación. ¡No señor! ¡Si hacen marchas es sólo para no tener clases!
Un poco más tarde, estos ex niños y jóvenes, si se sociabilizan, tienen sus propios hijos.
Mientras sus dos progenitores sigan vivos, el hijo pródigo se dedicará a su propia y nueva familia. Total, siempre habrá uno de sus dos padres que esté menos hecho pelota que el otro y cuidará a su pareja.
El problema es cuando sólo uno de los dos queda en este mundo, como en mi caso. Entonces llega el momento en que hay que decidir: “¿Lo traigo a casa o lo llevo a un geriátrico?”
Si fuera un perrito enfermo que encontramos en la calle sería más fácil decidir: “A casa no lo llevo porque no es de raza, llevarlo a una veterinaria sería gastar demasiado tiempo en un organismo tan subdesarrollado, así que mejor dejarlo tirado donde está.”
Pero con mi anciano padre es más difícil. Si lo llevo a mi casa, mis hijos se quejan porque molesta y lo tienen que acompañar al baño, pero a su vez si pienso en llevarlo a un geriátrico esos desalmados me hacen sentir culpable diciéndome que no debería dejar a su abuelo en manos de extraños.
Me da un poco de lástima ver como aquel héroe de mi infancia hoy está senil, casi sin movilidad, con grandes dificultades para hablar. Pero bueno, ya está lo suficientemente grande como para decidir él mismo lo que quiere hacer. Por lo tanto voy a esperar que me llame, o que me mande un texto, o un e-mail y me diga qué cuernos piensa hacer de su vida.

6 comentarios:

Dr. N. Ardilla dijo...

Los ancianos son el lastre de la sociedad... igual que los radicales y los judíos.

Ah!... me olvidaba de los burgueses y los gordos.


Con certeza peronista...

lucho el correntino dijo...

me identifico mucho con lo que dice, no porque este de acuerdo, sino porque estoy senil, casi sin movilidad y con dificultades para hablar.

evo pacifico dijo...

Estar senil es como estar "tetudo"?????

Anónimo dijo...

a los viejos hay que respetarlos porque pronto morirán y podrán hacernos todo tipo de maldades

Anónimo dijo...

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